En la entrada pasada comentaba que la culpa, el sufrimiento y la muerte son partes esenciales de nuestra vida. Nadie está exento de ninguno de los tres. Nadie se irá de esta vida sin haber sentido culpa y sin haber sufrido. Y, obviamente, "de la muerte nadie se escapa vivo" (como dijo alguien por ahí). Así que tenemos que irnos acostumbrando a la existencia de esta tríada trágica.
Pero bueno: al punto. Quisiera en esta ocasión comentar algo acerca de la culpa, porque está muy generalizada la idea de no culparse por nada. Y a mí esto me parece una actitud de negación que nada tiene de benéfico. Claro, tampoco estoy diciendo que haya que ir por el mundo buscando culpas qué asumir ¿verdad? Pero la cuestión es que tal vez, después de todo, el sentir culpa no es del todo descabellado, o no es todo lo indeseable que creemos.
Primeramente, permítaseme aclarar que distingo entre dos tipos de culpa: la justificada y la injustificada.
La injustificada es la que no es cierta. No existe. Nos la imaginamos. Por ejemplo, me viene a la mente el caso del suicidio de un compañero mío de la prepa. Siempre se dijo que lo había hecho porque su novia lo cortó, y que ella pasó (al menos en ese tiempo) una crisis de culpabilidad: sentía que ella había sido la causa. Este caso extremo iustra una culpa injustificada. El evento sucedió a raíz de que ella terminó con la relación, pero ella no tenía por qué sentir culpa, puesto que cada quien decide cómo solucionar los problemas. Ella no lo obligó ni hubo coacción. Él decidió cómo enfrentar su situación. La relación entre ellos los acercó mutuamente, y ella seguramente que no deseaba la muerte de él, y el hecho de que ésta sucediera, ciertamente la impresionó (¿a quién no?). Pero eso no hace que ella tenga culpa. Es válido que se sienta mal, que se sienta triste, que se desespere ante lo irreversible... pero no es válido que sienta culpa. Esta culpa hay que sacarla de la persona, usualmente con ayuda de algún terapeuta.
La culpa justificada es la que sí existe. Por ejemplo: el padre de familia que llega cansado del trabajo y que, bajo esa circunstancia, llega irritable a la casa. El hijo se le acerca, o derrama algo en la mesa, o hace algo propio de los niños... y el padre responde de manera desproporcionada, enojándose en extremo, regañándolo desde el hígado, tildándolo de torpe o desobediente... (ojalá que no adivinen de dónde saqué este ejemplo). Eso le causará daño, menor o mayor, al niño. Y eso sí es culpa del padre, porque él es responsable de sus acciones. Lo mal que le haya ido en el trabajo no justifica una respuesta desproporcionada. En este caso, sí es justificada la culpa, porque sí existe.
Y como este ejemplo, tenemos muchos: son casos en donde sí tuvimos culpa, y por lo tanto somos responsables de ese daño que hicimos, o de ese error que cometimos. Y aquí es donde entra mi consideración, porque ¿nos va a estar remordiendo la conciencia para toda la vida? ¿nos vamos a lamentar de eso y nos vamos a hundir en la tristeza por siempre? Obviamente que no. Pero, si sí tuvimos culpa ¿cómo no recordar eso? ¿no es mejor tomarla ligera y que "se nos resbale"? Es decir, dado que hay cosas irreversibles, y que tal vez ni se puedan reparar, aunque hayamos tenido culpa... ¿no será mejor pensar "bueno, ni modo, ya no hay más que hacer", y seguir nuestro camino?
Creo que éste es el enfoque que sigue mucha gente. Ahora que estuve trabajando con padres de familia muy de cerca, era común oír el comentario: "pues no puede uno evitar equivocarse, así que ni me preocupo", o bien "Naaah.. tú no te fijes... los niños son de hule... al rato se les olvida..." (refiriéndose a la disciplina con enojo, o visceral). Y creo que esto es más bien un mecanismo de negación de la culpa. Y no es bueno usarlo, porque o nos convierte en irresponsables (al importarnos poco el daño que hacemos) o nos acumula la misma culpa reprimida (al engañarnos a nosotros mismos tratándonos de sedar para no sentir culpa)... y esa culpa reprimida saldrá de otra forma o en otro tiempo.
Pero entonces ¿cuál es el enfoque en el que creo? Creo en la culpa responsable. La culpa fundada en el perdón. "¡Achis! ¿y ésa cuál es?", alguien dirá. Bueno, pues es la forma de asumir la culpa que yo he visto o de la que he sabido que tienen algunas personas que cometen graves errores y no sólo se logran recuperar, sino que utilizan ese sentimiento de culpa responsable, basada en el perdón, para lograr una mayor plenitud en sus vidas.
Pero el espacio es corto, y el tiempo también. Espero hablar de eso en la próxima entrada que agregue al blog.
Pensamientos, artículos y material para entender mejor el sentido particular de la vida.
viernes, 11 de septiembre de 2009
miércoles, 2 de septiembre de 2009
El que corre, de algo huye
Ampliando un poquito más la entrada pasada, quiero recordar una frase citada por mi compadre Gerardo: "El que corre, de algo huye". Creo que es muy apropiada para hacer una introspección y preguntarnos si cuando vivimos la vida tan aprisa no estamos corriendo de algo, y si ese algo no somos nosotros mismos, y no sólo nosotros mismos como tales, sino también las circunstancias del encuentro: porque cuando dejamos de correr, tenemos oportunidad de encontrarnos con nosotros mismos en silencio y en soledad, y tal vez ése sea uno de los principales temores que nos hacen darnos a la vida vertiginosa.
Ya acusaba Víktor E. Frankl la alarmante propagación del llamado síndrome de fin de semana, en el que las personas se angustiaban con la proximidad del sábado, porque ¿qué iban a hacer esos dos días?¿qué actividad estimulante o cargada de adrenalina podrían programar en sus agendas?¿cómo podrían evitar el estar en casa sin hacer "nada"?¿cómo podrían evitar la "soledad" del fin de semana? Y el fondo de todo esto era una vida sin sentido, y el temor a hacer un alto en el camino y darse cuenta de ello.
Porque en la soledad, entramos en contacto con nosotros mismos. Y como dijo Shakespeare, en voz de Hamlet:
En otras palabras, si no estamos acostumbrados a estar con nosotros mismos, así, a solas, sin prisas, frente a frente --como frente al espejo-- ¿qué podremos ver cuando lo estemos?¿qué nos podremos encontrar cuando pase la sedación del ajetreo diario? Ahí está la dificultad.
Un amigo mío, durante un retiro espiritual, nos decía que todos tenemos un pequeño monstruo confinado en el calabozo. Son nuestras imperfecciones, grandes o chicas; o nuestros problemas, reales o imaginarios; es todo aquello que está dentro de nosotros mismos y no queremos detenernos a enfrentar. También por eso, tal vez, nos es tan difícil hacer un alto en el camino, porque sabemos que ello implica descender al calabozo y enfrentar a nuestro Quasimodo. Pero ¿qué es realmente o quién es ese personaje frente a quien nos da miedo detenernos y hacerle compañía?
Difícil pregunta. Y creo que en otra ocasión podríamos profundizar en ello, porque sabemos que somos nosotros mismos, o bien, partes o aspectos de nosotros mismos, y sabemos que de alguna forma hay muchos testimonios de que lo que nos espera ahí en esas profundidades es el mejor compañero que podamos haber encontrado nunca, y no la criatura deforme que temíamos encontrar. Y eso sería todo un hilo de discusión... Tal vez algún día lo abriré.
Sin embargo, hoy quiero atraer la atención del lector hacia otra metáfora más que tengo muy presente. La encontré en un libro sobre cómo administrar el tiempo, y era una caricatura de un joven deslizándose por un tobogán. Llevaba lentes oscuros y una cachucha, al tiempo que disfrutaba una fresca limonada que tenía en la mano. Había varios dibujos del mismo personaje, a medida que bajaba recorriendo su camino, y se veía realmente despreocupado. Sin embargo, al final del tobogán, el personaje estaba dibujado con una expresión de rotunda sorpresa, porque al pie de lo que era el final de su ruta estaba, con su típico atuendo y caricaturizada, la muerte. Había viajado todo el tiempo sin preocuparse por lo que había al final del deslizadero, y un buen día llegó. No había otra ruta y no había otro final. Seguramente en el momento en que descubrió el desenlace de su camino se preguntó si realmente valió la pena deslizarse como lo hizo o habría habido mejores formas de hacerlo.
Ése el valor de los altos en el camino. Nos permiten encontrarnos con nosotros mismos y evaluar cómo hemos recorrido este camino y nos facultan para corregir el rumbo (aún y cuando pudiéramos pensar que no hay mucho que se pudiera corregir). Nos dejan enfrentar ahora lo que estamos posponiendo para un después que de otra forma nunca llegaría.
Por eso, para saber si estamos viviendo o no, si vamos en la dirección correcta o no (¡o si tenemos al menos una dirección en la cuál ir!), para todo esto, lo primero es hacer un alto en el camino. Dejar un día de correr: ya correremos mañana; respirar: ya seguiremos jadeando después.
Y alguien puede decir: "¿y si, en ese alto que realice, me encuentro con todo lo que he hecho mal y con la lista de todo lo que he perdido? ¡Voy a desempolvar mis culpas y sufrimientos pasados, que ya había olvidado, superado, enterrado!". Y puede ser cierto. Pero lo malo no es tener culpas y sufrimientos, sino lo que hacemos con ellos. Elisabeth Lukas llamaba a estos dos, junto con la muerte, la "tríada trágica", porque todos nos los toparemos en nuestra vida inevitablemente.
¿Otra vez estoy siendo pesimista o fatalista? No. Estoy queriendo enlazar el hecho de que la culpa, el sufrimiento y la muerte están presentes en las vidas de todos. No es posible librarse de ellos. Y sin embargo, la vida tiene un sentido. Y la vida de cada quien tiene un sentido particular, y es lo que la hace valiosa para ser vivida. Pero ¿cómo habremos de lidiar con estas tres realidades y aún así tomarle el sentido a la vida? La negación o la represión no son la respuesta. Al contrario, son las actitudes comunes, pero no las que podemos usar de trampolín para descubrir el sentido singular de nuestras vidas.
Pero sobre esta tríada trágica hablaré en una próxima entrada del blog.
Ya acusaba Víktor E. Frankl la alarmante propagación del llamado síndrome de fin de semana, en el que las personas se angustiaban con la proximidad del sábado, porque ¿qué iban a hacer esos dos días?¿qué actividad estimulante o cargada de adrenalina podrían programar en sus agendas?¿cómo podrían evitar el estar en casa sin hacer "nada"?¿cómo podrían evitar la "soledad" del fin de semana? Y el fondo de todo esto era una vida sin sentido, y el temor a hacer un alto en el camino y darse cuenta de ello.
Porque en la soledad, entramos en contacto con nosotros mismos. Y como dijo Shakespeare, en voz de Hamlet:
"To sleep, perchance to dream - ay, there’s the rub
For in that sleep of death what dreams may come"
[Dormir, acaso soñar - ¡ay, ahí está la dificultad!
Porque en ese dormir de muerte qué sueños pueden surgir].
En otras palabras, si no estamos acostumbrados a estar con nosotros mismos, así, a solas, sin prisas, frente a frente --como frente al espejo-- ¿qué podremos ver cuando lo estemos?¿qué nos podremos encontrar cuando pase la sedación del ajetreo diario? Ahí está la dificultad.
Un amigo mío, durante un retiro espiritual, nos decía que todos tenemos un pequeño monstruo confinado en el calabozo. Son nuestras imperfecciones, grandes o chicas; o nuestros problemas, reales o imaginarios; es todo aquello que está dentro de nosotros mismos y no queremos detenernos a enfrentar. También por eso, tal vez, nos es tan difícil hacer un alto en el camino, porque sabemos que ello implica descender al calabozo y enfrentar a nuestro Quasimodo. Pero ¿qué es realmente o quién es ese personaje frente a quien nos da miedo detenernos y hacerle compañía?
Difícil pregunta. Y creo que en otra ocasión podríamos profundizar en ello, porque sabemos que somos nosotros mismos, o bien, partes o aspectos de nosotros mismos, y sabemos que de alguna forma hay muchos testimonios de que lo que nos espera ahí en esas profundidades es el mejor compañero que podamos haber encontrado nunca, y no la criatura deforme que temíamos encontrar. Y eso sería todo un hilo de discusión... Tal vez algún día lo abriré.
Sin embargo, hoy quiero atraer la atención del lector hacia otra metáfora más que tengo muy presente. La encontré en un libro sobre cómo administrar el tiempo, y era una caricatura de un joven deslizándose por un tobogán. Llevaba lentes oscuros y una cachucha, al tiempo que disfrutaba una fresca limonada que tenía en la mano. Había varios dibujos del mismo personaje, a medida que bajaba recorriendo su camino, y se veía realmente despreocupado. Sin embargo, al final del tobogán, el personaje estaba dibujado con una expresión de rotunda sorpresa, porque al pie de lo que era el final de su ruta estaba, con su típico atuendo y caricaturizada, la muerte. Había viajado todo el tiempo sin preocuparse por lo que había al final del deslizadero, y un buen día llegó. No había otra ruta y no había otro final. Seguramente en el momento en que descubrió el desenlace de su camino se preguntó si realmente valió la pena deslizarse como lo hizo o habría habido mejores formas de hacerlo.
Ése el valor de los altos en el camino. Nos permiten encontrarnos con nosotros mismos y evaluar cómo hemos recorrido este camino y nos facultan para corregir el rumbo (aún y cuando pudiéramos pensar que no hay mucho que se pudiera corregir). Nos dejan enfrentar ahora lo que estamos posponiendo para un después que de otra forma nunca llegaría.
Por eso, para saber si estamos viviendo o no, si vamos en la dirección correcta o no (¡o si tenemos al menos una dirección en la cuál ir!), para todo esto, lo primero es hacer un alto en el camino. Dejar un día de correr: ya correremos mañana; respirar: ya seguiremos jadeando después.
Y alguien puede decir: "¿y si, en ese alto que realice, me encuentro con todo lo que he hecho mal y con la lista de todo lo que he perdido? ¡Voy a desempolvar mis culpas y sufrimientos pasados, que ya había olvidado, superado, enterrado!". Y puede ser cierto. Pero lo malo no es tener culpas y sufrimientos, sino lo que hacemos con ellos. Elisabeth Lukas llamaba a estos dos, junto con la muerte, la "tríada trágica", porque todos nos los toparemos en nuestra vida inevitablemente.
¿Otra vez estoy siendo pesimista o fatalista? No. Estoy queriendo enlazar el hecho de que la culpa, el sufrimiento y la muerte están presentes en las vidas de todos. No es posible librarse de ellos. Y sin embargo, la vida tiene un sentido. Y la vida de cada quien tiene un sentido particular, y es lo que la hace valiosa para ser vivida. Pero ¿cómo habremos de lidiar con estas tres realidades y aún así tomarle el sentido a la vida? La negación o la represión no son la respuesta. Al contrario, son las actitudes comunes, pero no las que podemos usar de trampolín para descubrir el sentido singular de nuestras vidas.
Pero sobre esta tríada trágica hablaré en una próxima entrada del blog.
domingo, 30 de agosto de 2009
¿Por qué preguntarse por el sentido de la vida?
Yo no sé si todos pasamos por el momento de reflexionar sobre el sentido de nuestras vidas, es decir, si es inherente a los humanos, pero sospecho que sí. Y qué bueno, porque lo único seguro que tenemos es el final de nuestra vida, y el acercarnos cada día a él, nos debe llevar a preguntarnos si realmente ha valido la pena pasar por este mundo en la manera en que lo hemos hecho hasta ahora, o incluso si valdrá la pena seguir viviendo, ya sea con el mismo tenor con que lo hemos venido haciendo, o cambiando la estrategia que hasta hoy hemos usado.
Y no se me acuse de fatalista, por favor. No estoy afirmando que todo se vaya a acabar algún día, y por ello no valga la pena vivir. Por el contrario: creo firmemente que vale la pena. Pero también creo que en la actualidad es muy fácil distraerse y correr, correr, correr... en ninguna dirección. En otras palabras, creo que no es lo mismo vivir la vida que ir por el mundo.
Sobre esto trataré de ampliar mi parecer en las próximas entradas del blog.
Y no se me acuse de fatalista, por favor. No estoy afirmando que todo se vaya a acabar algún día, y por ello no valga la pena vivir. Por el contrario: creo firmemente que vale la pena. Pero también creo que en la actualidad es muy fácil distraerse y correr, correr, correr... en ninguna dirección. En otras palabras, creo que no es lo mismo vivir la vida que ir por el mundo.
Sobre esto trataré de ampliar mi parecer en las próximas entradas del blog.
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