sábado, 19 de enero de 2013

Una metáfora para la vida


Les comparto este pequeño cuento que escribí para una asignatura en una especialidad en Logoterapia que estuve estudiando el año pasado. Espero les guste y de alguna manera les sea útil.
--oo00oo--


El rey que llegó muy lejos.


I

Mao Me-Gnos era un rey como todos los demás: tenía un pueblo qué gobernar, tenía súbditos que le servían y tenía un palacio real. Pero ¿ya he dicho que Mao Me-Gnos no era un rey como los demás? Mao Me-Gnos no conocía su reino, porque no le gustaba salir de su palacio: era demasiado arriesgado. Entre los cientos de gobernados seguramente habría más de uno que estuviera en desacuerdo con su estilo de reinar. Y no solamente en desacuerdo, sino enojado. Y las personas enojadas pueden hacer cosas inimaginables... incluyendo... bueno, incluyendo lo que él no se alcanzaba siquiera a imaginar.

Tampoco salía a su propio jardín, que era muy extenso. Temía perder el rumbo dentro de sus profusas arboledas, salpicadas de todo tipo de plantas ornamentales, y morir de hipotermia antes de que lo pudiera rescatar cualquiera de los sirvientes de palacio. Por supuesto, tampoco salía a su balcón: fue sumamente imprudente construir un balcón a tal altura. Caer desde tan alto era equivalente a recibir directamente el impacto de un fardo lanzado por una catapulta a no sabía cuántos metros de distancia (que el filósofo-matemático del reino en su momento nombró hasta con doce dígitos de precisión).

Sin embargo, su vida no era aburrida. Su extensa habitación podía albergar todo tipo de pasatiempos, ya fuera alguno de los innumerables juegos de mesa reales, o incluso su propio observatorio astronómico, que era su único contacto visual con un exterior remoto y fuera de su alcance, aunque siempre presente en sus sueños. Porque sí: Mao Me-Gnos soñaba, y soñaba con llegar a esas estrellas que siempre quedaban fuera de su alcance. 

Pero también disfrutaba desde allí algunas de las pintorescas diversiones plebeyas, como la Fiesta de las Luces, que cada año se celebraba con el patrocinio del rey... pero sin su intervención. Mao Me-Gnos pasaba sentado en su sillón del observatorio todo el tiempo que duraban las explosiones luminosas de los fuegos de artificio. Y cómo después de eso, los lejanos e inexplicablemente felices súbditos, iluminaban poco a poco las empedradas calles centrales, transmitiéndose entre sí el fuego de una enorme vela, inicialmente encendida por alguien de entre los aldeanos. Era como si chorreara la luz por las calles del reino. 

Y pensar que esta fiesta que tanto disfrutaba acabó con su reinado en tan poco tiempo.


II

Era precisamente el año muchocientos de su reinado, cuando Mao se sentó por última vez en su cómoda silla de observación. Como todos los años, se acomodó allí expectante. Bajó el ángulo de inclinación de su telescopio y lo apuntó a las coordenadas de siempre. Pero ¿qué es lo que hace que los rituales sean divertidos, siendo siempre lo mismo? Tal vez es la forma en que los vemos pasar cada vez. Quizás sea que los miramos con diferentes ojos porque ¿de qué otra forma se puede explicar que la atención se mantenga sobre algo que es esencialmente monótono? Porque Mao esperaba ansioso aquella fecha, y seguramente soñaba al ver aquellas cascadas omnidireccionales de fuego que llovían sobre la población sin llegar a tocarla. Pero ¿qué son los sueños sino visiones monótonas de algo que anhelamos y conocemos? Y este anhelar sin tener, este conocer sin tocar, nos hace tener siempre nuevos ojos para ellos.

Y seguramente Mao pensó que necesitaba nuevos ojos aquel día, cuando vio aquella pequeña chispa curvarse en forma diferente a las demás. Extraño al principio, pero aterrador unos segundos después. Una ojiva que empezaba en el mismo lugar que las demás, pero que a cada momento confirmaba que su destino final compartiría descanso con el rey. Su extensa experiencia astronómica no le dejó dudas, pues conocía bien de órbitas y parábolas, de elipses y puntos de fuga.

-- ¿Q... qué... a dónde... ?

No hubo más tiempo. No más palabras. Porque no había más dudas. Mao dio el brinco más rápido que hubiera dado jamás y echó a correr despavorido. Olvidó ponerse la corona, y hasta el manto real. En menos de tres pasos estaba fuera de su habitación, a diez, a veinte, a muchos metros de allí. Y ahí hubiera parado si la bengala de artificio no hubiera hecho tal estruendo al aterrizar en la habitación real. El ruido fue tan repentino y aparatoso, que Mao siguió corriendo sin pensarlo, dando zancadas con sus pantuflas favoritas --las azules-- corriendo por pasillos y salones. 

No se dio cuenta cuando atravesó la puerta principal. En un abrir y cerrar de ojos, un manojo de alaridos en pijama real llegó hasta donde estaba la multitud, que seguía boquiabierta, contemplando la columna de humo que salía de los aposentos de palacio. Su arribo fue sorpresivo para todos. Como haciéndolo por tiempos, los súbditos se sobresaltaron a la llegada de Mao, pero una vez que lo reconocieron no pudieron menos que vitorearlo. ¡El rey había salido a convivir con su gente! Y no sólo eso, sino que lo había hecho en el más casual de los modos. ¡Su sencillez les fue evidente! No pudieron menos que levantarlo en hombros y llevarlo en procesión por el resto del festejo. Y Mao, que al principio no sabía cómo procesar esto en su interior, no pudo evitar unirse a la algarabía popular y pasó, de estar materialmente inmóvil, a celebrar igual o aún más que los demás, la inolvidable y ritual Fiesta de las Luces.


III

No se sabe por qué el reino no se desintegró, dado que el rey nunca regresó desde aquella vez que salió de palacio. Quizás el primer ministro era tan cercano a él, que conocía bien la administración y los asuntos reales, de manera que no tuvo problema en mantener el orden en el palacio y en el reino. Quizás cambiaron a alguna forma de democracia utópica, dado que los ciudadanos siempre fueron cooperativos y unidos. Lo cierto es que el orden y la armonía continúan hasta estos días, según dicen los visitantes que han ido allá. Inexplicablemente, según ellos, pues lo único extraño que se ve en ese reino --aparte de no haber rey-- es la multitud de personas comunes que entran y salen de una casa muy común, ubicada en un barrio también común, y que son atendidas por una amable persona muy, muy común... que usa pantuflas azules.